Hay ocasiones que no hay nada mejor como quedarse en casa

Por Íñigo Fernández

¿"Nos vamos al mundial" o "No vamos al mundial"?

¿"Nos vamos al mundial" o "No vamos al mundial"?

Es el 10 de junio y acaba de terminar el partido de la selección mexicana ante Trinidad y Tobago. Mientras me dirijo a mi recámara me pregunto una y otra vez si es realmente trascendental para nosotros, los aficionados, que “el tri” vaya al mundial de Sudáfrica y siempre llego a la misma conclusión: no, no lo es.

Podrán decir muchas cosas de los mundiales. Que si foguean a los jugadores, que si jugarlos da prestigio a los países, que no asistir a ellos es un retroceso para el futbol nacional y muchos más argumentos que ni comparto ni tampoco me interesa escuchar, mucho menos repetir en este espacio. Asumir que el prestigio nacional depende de lo que un puñado de mexicanos (oriundos y naturalizados, da lo mismo) pueda hacer con un balón equivale a esas pláticas infantiles donde uno decía a sus amigos que su papá era mejor que el de los demás porque acababa de comprar un coche o había llevado a la familia de vacaciones a la playa.

La palabra fracaso está en boca de todos y muchas de ellas la relacionan con la posible ausencia de nuestra selección en Sudáfrica.  Pregunto a los lectores: ¿Cuál es un peor fracaso: no ir al mundial o ir para hacer el ridículo? Tal vez algunos de ustedes no se acuerden de lo sucedido en Argentina en 1978, pero yo lo tengo muy presente pues fue la primer copa del mundo de la que guardo consciencia. Después de un selectivo perfecto en el que México, entonces gigante de la siempre paupérrima CONCACAF, arrasó en todos los partidos, la selección se marchó rumbo a Argentina con un futuro prometedor, mismo que se vio truncado en ocho días tras perder 3-1 ante Marruecos, 6-0 con Alemania y 3-1 con Polonia. Fue de este modo como el seleccionado nacional se las apañó no sólo para fulminar las esperanzas de la afición al quedar en último lugar del mundial y ser la nación más goleada.

¿Qué quieren que les diga? Con casi nueve años de edad, la experiencia me causó un sentimiento de vergüenza que con los años logré exorcizar comprendiendo que uno como aficionado puede apoyar de muchas maneras, pero que, a final de cuentas todo queda en manos de esos once jugadores que van detrás y delante del balón. Y la oncena que tenemos hoy, por los motivos que sea, no da para mucho más. Visto así, creo que ésta es una de esas ocasiones en las que no hay nada mejor que quedarse en casa y, al menos así, nos dé la satisfacción de no hacernos pasar por otra vergüenza mayúscula.