Se sobrevivió al anfitrión

Por Javier Manzanera

Por fin terminó la espera. Anoche me fui a la cama con un sentimiento muy similar al que experimentaba en la infancia cuando sabía que en algún momento de la noche Santa Claus dejaría algún regalo para mí en la sala. Y tal como ese personaje que alguna vez fui, abrí los ojos a las 6 de la mañana en punto, listo para encaminarme a casa de mi buen amigo Quique para abrir ese gran regalo que sólo llega cada cuatro años. Hoy no importaba llegar tardísimo al trabajo. Había que honrar un compromiso más importante.

La selección mexicana inaugurando el Mundial. Qué orgullo, qué responsabilidad y qué terror. Afortunadamente los sudafricanos estaban igual de nerviosos que nuestros compatriotas. Durante todo el primer tiempo cada pase dirigido a las bandas terminaba fuera de la cancha. Los centros llegaban a su destino, pero los remates volaban hacia cualquier lugar excepto adentro de la portería. De cualquier manera todo parecía soportable, porque parecía cuestión de minutos para que México abriera el marcador.

Pero no fue así. Santa Claus llegó pero el muy infame me trajo un pedazo de carbón. Estético y al ángulo pero carbón a fin de cuentas. Los goles del mundial tienen un sabor especial, pero es una tortura muy cruel esperar cuatro años para que el primer gol del mundial sea un golazo en contra de tu país. Es de lo más amargo que se puede sentir.

Eventualmente Aguirre se dio cuenta de que esa alineación que planeó en una borrachera, seguramente no era la mejor. Fue entonces cuando corrigió lo que pudo y metió los engranes que faltaban en el armado de jugadas de gol. Guardado y Cuauhtémoc ingresaron a la cancha y en cuestión de segundos construyeron lo que resultó en el gol de Márquez que nos devolvió la esperanza de lograr algo en esta Copa del Mundo. Qué fáciles somos.

Los nervios se dibujan en los rostros.

“Nos salió barato”, afirmaban algunos de mis amigos al sonar el silbatazo final. Y es que a fin de cuentas los sudafricanos encontraron por dónde. El Conejo Pérez se empeñó en otorgarle el triunfo al equipo local, pero afortunadamente ese poste tenía corazón azteca. El árbitro, tan criticado durante el primer tiempo por beneficiar a Sudáfrica, terminó siendo nuestro mejor amigo al no marcar un claro penal en contra de nuestra querida selección.

Se sobrevivió a la primera prueba. De milagro, pero se sobrevivió. Ahora esperemos que Aguirre ponga orden en donde haga falta y el próximo jueves nos muestre esa cara aguerrida de la selección que ya pudimos ver en el partido de preparación contra Italia.

Hay ocasiones que no hay nada mejor como quedarse en casa

Por Íñigo Fernández

¿"Nos vamos al mundial" o "No vamos al mundial"?

¿"Nos vamos al mundial" o "No vamos al mundial"?

Es el 10 de junio y acaba de terminar el partido de la selección mexicana ante Trinidad y Tobago. Mientras me dirijo a mi recámara me pregunto una y otra vez si es realmente trascendental para nosotros, los aficionados, que “el tri” vaya al mundial de Sudáfrica y siempre llego a la misma conclusión: no, no lo es.

Podrán decir muchas cosas de los mundiales. Que si foguean a los jugadores, que si jugarlos da prestigio a los países, que no asistir a ellos es un retroceso para el futbol nacional y muchos más argumentos que ni comparto ni tampoco me interesa escuchar, mucho menos repetir en este espacio. Asumir que el prestigio nacional depende de lo que un puñado de mexicanos (oriundos y naturalizados, da lo mismo) pueda hacer con un balón equivale a esas pláticas infantiles donde uno decía a sus amigos que su papá era mejor que el de los demás porque acababa de comprar un coche o había llevado a la familia de vacaciones a la playa.

La palabra fracaso está en boca de todos y muchas de ellas la relacionan con la posible ausencia de nuestra selección en Sudáfrica.  Pregunto a los lectores: ¿Cuál es un peor fracaso: no ir al mundial o ir para hacer el ridículo? Tal vez algunos de ustedes no se acuerden de lo sucedido en Argentina en 1978, pero yo lo tengo muy presente pues fue la primer copa del mundo de la que guardo consciencia. Después de un selectivo perfecto en el que México, entonces gigante de la siempre paupérrima CONCACAF, arrasó en todos los partidos, la selección se marchó rumbo a Argentina con un futuro prometedor, mismo que se vio truncado en ocho días tras perder 3-1 ante Marruecos, 6-0 con Alemania y 3-1 con Polonia. Fue de este modo como el seleccionado nacional se las apañó no sólo para fulminar las esperanzas de la afición al quedar en último lugar del mundial y ser la nación más goleada.

¿Qué quieren que les diga? Con casi nueve años de edad, la experiencia me causó un sentimiento de vergüenza que con los años logré exorcizar comprendiendo que uno como aficionado puede apoyar de muchas maneras, pero que, a final de cuentas todo queda en manos de esos once jugadores que van detrás y delante del balón. Y la oncena que tenemos hoy, por los motivos que sea, no da para mucho más. Visto así, creo que ésta es una de esas ocasiones en las que no hay nada mejor que quedarse en casa y, al menos así, nos dé la satisfacción de no hacernos pasar por otra vergüenza mayúscula.