Un destellito de luz

Por Anjo Nava

Payton y Kemp echando taco de ojo con las porristas

Payton y Kemp echando taco de ojo

El baloncesto murió. Al menos murió para mí el día que mis amados Supersonics dejaron de ser. Cuando el negocio superó a la pasión. Cuando la avaricia se burlaba de los sueños. Cuando la ineptitud enterró a la gloria. Los años de la dupla Payton-Kemp parecen apenas un relato remoto, que se esfuma como un rumor que deja de pasar de boca en boca. Hay pocas personas que llegaron a conocerme en los años en los que seguía con absoluta devoción al equipo de Seattle, y menos los que realmente sabían el grado de mi afición. Mi exnovia es una de ellas. En algún momento de nuestra relación de más de seis años me dijo:

—Oye no se te vaya a olvidar que el sábado tenemos una boda.

—Pero son las semifinales— le contesté cínicamente.

—No puedo creerlo, ¿vas a dejar de ir a una boda conmigo por ver un partido de básquet?— me preguntó incrédula.

—¡Es que son las semifinales!— respondí.

A mi ex le fue muy difícil entender lo que estar en semifinales significaba, y más la llamada que le hice a la una de la mañana, mientras estaba en la boda de su amiga, para decirle que los Sonics habían ganado su juego. Ya no estaba con ella cuando los dueños del equipo, el mismo grupo que dirige Starbucks, lo vendieron a otra consorcio con sede en Oklahoma. Y tampoco cuando dos años después, la NBA autorizó el traslado del equipo a esta ciudad. El movimiento no sólo rompió mi corazón, también el gusto por el deporte, sin embargo, este año, justo ahora que se definen los finalistas, volví a poner la vista en él.

Desde el último y definitivo retiro de Michael Jordan, el baloncesto había sufrido un deterioro en su audiencia, aun cuando este hecho hizo más competitiva la liga. Hoy, ya no se sabe a ciencia cierta quién será el campeón, lo que hace mucho más divertido seguir el transcurso de las series. Hoy, los intereses tampoco gobiernan los resultados —como en la temporada 2002, cuando fue escandalosa la forma en que le robaron las finales del Oeste a Sacramento, para que pasaran los Lakers— y la anticipada final, en la que Kobe y LeBron se enfrenten, tendrá que esperar un año más.

Por años Bryant tuvo un Superman a su lado. A partir de ahora tendrá que enfrentar a uno mucho más hambriento, y no menos contundente. Dwight Howard es un animal —como lo demostró hace un par de partidos, cuando después de clavar el balón con las dos manos, trajo con él, completito, el reloj de disparo— que eliminó al campeón actual (los Celtics) con autoridad, y al heredero de la corona que dejó Jordan (LeBron James). Además no está solo. Rashard Lewis (de la última gran temporada de los Sonics) y Hedo Türkoğlu (de los estafados Kings de 2002) acompañan a Howard en una de las delanteras más dinámicas de la liga. Kobe, Gasol y compañía no la tienen fácil y sin duda la NBA sigue siendo un espectáculo, aun sin los Sonics.

La mesa está puesta

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