¡Aúpa Real Sporting de Gijón!

Real Sporting de Gijón

Real Sporting de Gijón

Por Íñigo Fernández

Faltan dos jornadas y aún podemos salvarnos.  Y cuando hablo en plural, me refiero a quienes somos seguidores del Real Sporting de Gijón, sus directivos y jugadores, pues en estos momentos todos somos uno.

Aunque ni pise el terreno de juego, es más, ni siquiera asista a los partidos en “El Molinón” (¡qué más quisiera!) yo soy tan sportingusita como el que más, porque para mí no es un equipo cualquiera, es parte de mí, de mi familia y de mi historia. Cierto es que jamás ha sido campeón de España; tampoco es el mejor equipo en la liga española, el más golaedor o el que mejor juegue… pero pese a todo es mi equipo.

Empezó como un tradición familiar. El abuelo Jaime era abonado del Sporting y mi madre, sin serlo, era seguidora del equipo. Por mi parte he de confesar que en un principio era seguidor del Real Madrid, hasta que en el año 1987 hice amigos en Gijón -conocido como “el paraíso natural”- y quedé fascinado con el lugar y su gente. Fue entonces, con casi 18 años cumplidos, que me volví seguidor incondicional del Real Sporting de Gijón.

Tuve la fortuna de asistir al partido de despedida de Quini, el máximo goleador que el Sporting ha tenido, de ver un partido contra nuestra acérrimo rival -el Real Oviedo- y verlos jugar un partido de la UEFA contra el Génova. Sin embargo, años de malas contrataciones y de ventas de los canteranos, hicieron que en 1998 el Sporting bajara a la segunda división española. Fue entonces cuando la metamorfosis tuvo lugar pues pasé de ser un aficionado común a uno obsesivo que buscaba por cuanto medio tenía a mano seguir los partidos en internet, ya fuera por radio o en el mentado “minuto a minuto”, o, al menos, enterarse por la prensa del último resultado y de la posición que ocupaba en la tabla general.

Fueron diez años de esperanzas y desilusión, de alegría y sufrimiento, de euforia y depresión, las que mi querido Sporting me regaló. Una década en que me la pasé mentando madres porque el equipo no subía pues después de una prometedora primera vuelta se venía abajo estrepitosamente, porque en los momentos más difíciles nada más no respondía. Sin embargo, gracias a estos frentazos fui creciendo como aficionado al entender que uno no le va al equipo porque sea un ganador nato o porque tenga vitrinas llenas de trofeos. No, yo le voy al Sporting por todo lo que mamé en casa; por lo que me ha hecho sufrir y disfrutar en todos estos años y porque sin él el futbol no tendría razón.

Es cierto que para muchos ver jugar hoy en día al Sporting de Gijón es sinónimo de sufrir y de jugarse la estabilidad emocional de la semana en una suerte de albur; para mí equivale recordar a los buenos amigos en un merendero bebiendo sidra, a mi madre diciéndome que no me enojara cada vez que perdía, y a esos diez años esperando el ascenso de la misma manera como un niño espera la navidad. Ésta es mi decisión y éste mi destino.