Con la cola entre las patas

Por Anjo Nava

Desde aquel 23 de mayo del año pasado, en el que todos los titulares hablaban del nuevo fichaje del Deportivo la Coruña –algo casi tan espectacular como los que hizo el Real Madrid durante este verano-, lo supe. Omar Bravo iba a ser parte de ese selecto grupo de jugadores mexicanos que, por alguna razón, tuvieron un cierto brillo en el futbol nacional, haciendo pensar a los promotores deportivos que podrían tener el mismo éxito en ligas extranjeras. Borgetti, Germán Villa y hasta el mismo Cuauhtémoc Blanco –sí, sí lo lesionó un trinitario loco, pero no triunfó- son ejemplos de jugadores prometedores que nada más no la hacen en Europa. Una de las posibles causas que a simple vista se pueden dilucidar es que están mucho más allá de su proceso formativo. Ya se saben las mañas y las cosas que aquí les dan un cierto éxito (dejarse caer al mínmo contacto, tirar ante fallas defensivas importantes, etc.) pero en ligas más competitivas no se pueden salir con la suya.

Un fichaje para el ovido

Un fichaje para el olvido

Es el mismo caso de Omar Bravo. Sus números con el Depor no cumplieron con las expectativas del club, y no era para menos: jugó nueve encuentros de liga, de los cuales sólo inició dos; disparó ocho veces, sólo cinco fueron al arco y anotó uno, de hecho, cometió más faltas (nueve) que disparos, además de que lo expulsaron una vez.

Tras una temporada desastrosa, el Depor prestó a  Bravo por diez partidos a los Tigres (donde no logró ni una sola anotación). Posteriormente, la directiva gallega trató de vender y acomodar al sinaloense en algún otro equipo mexicano en la pasada edición del draft –ofreciéndolo como uno de esos productos milagrosos que anuncian en los informerciales, pero que no tienen ninguna credibilidad–, claramente, sin lograrlo.

El sinaloense quiere olvidar su paso por Europa

El sinaloense quiere olvidar su paso por Europa

Al terminar las vacaciones de verano, Bravo se reportó con los blanquiazules, logrando por fin, acabar con el contrato que lo amarraba por dos años más. Con carta en mano, Bravo inmediatamente se integró a las Chivas que después de dos partidos, no han logrado sumar un solo punto. Es indiscutible que lo necesitan. Pero esta vez es diferente; Bravo regresa, como el hijo que se salió muy temprano de casa, con las alas rotas.

Los jugadores mexicanos tienen que aprender que no siempre están listos –o simplemente no tienen lo que se necesita– para emigrar a otra liga, aun cuando en la propia parezca que derrochan talento. En México, si no se puede elevar el nivel de competencia en el torneo local, al menos en la parte formativa de jugadores se tiene que exigir más. Prepararlos para el día en el que un club extranjero se interese en ellos.

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