Empezó el Apertura 2009 y yo estoy aquí solo…

El Necaxa ante los Xoloitzcuintles de Tijuana... ¡Vaya consuelo!

El Necaxa ante los Xoloitzcuintles de Tijuana... ¡Vaya consuelo!

Por Íñigo Fernández

Lo sabía desde mayo. pero apenas me “cayó el veinte” el pasado viernes 24 de julio. El encuentro Estudiantes-Tuzos dio inició a un torneo que es diferente a cualquier otro que haya vivido en todas mis décadas de futbolero: es el primero en en el que, literalmente, no tengo equipo en la Primera división.

Revisar el mosaico de Sky con los encuentros de esta primera jornada y no encontrar el escudo de los Rayos del Necaxa (lo de Hidrorrayos es una auténtica pendejda de Televisa) me produjo una doble sensación. La primera fue de tristeza por caer en la cuenta de una realidad bastante dolorosa porque si a nadie le gusta que su equipo pierda, mucho menos que descienda de categoría. Curiosamente, y pese a haber llevado a cabo una pretemporada exitosa, encabezados como “Rayos del Necaxa ‘electrocutan’ a ‘Xolos’” son un triste consuelo porque, a final de cuentas tanto los Xoloitzcuincles, como los Leones, los Tiburones, los Correcaminos, los Lobos, los Pumas (ojo, de Morelos) y los Dorados son todos una fauna que pertenece a un zoológico de segunda división. ¿Para qué hacernos güeyes?

Pero, del mismo modo, me embargó un sentimiento de tranquilidad. Después de varios años de morderme las uñas con los sobresaltos propios de la amenaza del descenso -encarnada ésta en la reesxtructuración constante del equipo; en jugadores que, como lo señalé en otras ocasiones, se preocupaban más por cobrar que por sudar la camiseta, y en partidos que daban puta pena verlos- estoy consciente de que ahora todo eso desapareció y que, dado que no tengo nada en juego, puedo ver tranquilamente el torneo y disfrutar de cada partido sin más, como lo hace un verdadero aficionado al futbol. Visto así, estoy convencido de que detrás de un fracaso deportivo de esta clase se encuentra la posibilidad de ver al deporte con una mirada más global, pausada y serena.

Como dije antes, el Apertura 2009 inició y los resultados han empezado a caer. Qusiera dar un pronóstico pero con lo malo que soy para ello y lo irregular que suelen ser los torneos en México, mejor guardo silencio. No tiene sentido quemarme más.

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Ese fantasma llamado Estados Unidos

Por Iñigo Fernández

Simplemente, hoy no disfruté la comida. Ese 2-0 con que Estados Unidos atragantó a España impidió que disfrutara los tacos que me estaba zampando. Ésta es una cuestión de karma, no tengo la menor duda de ello.

Dos son mis selecciones y entre ellas se halla dividio mi corazón: la mexicana y la española. Y hoy he comprobado que a ambas las une algo más que el deporte y la lengua: comparten el mismo “fantasma”: Estados Unidos. De muchos es conocido el “dominio futbolero” que Estados Unidos ejerce sobre nuestra querida selección. Juegue bien o mal, dos o tres contraataques les basta a los estadounidenses para hacer patente su localía ante el TRI. En cambio, cuando vienen aquí,  los llevamos a un estadio Azteca a reventar de hinchas mexicanos para vencerlos a duras penas.

Todo pasa y nada es, decía el filósofo griego y así lo entiendo. México ya no es más el gigante de la CONCACAF y su lugar es ocupado por Estados Unidos, también lo entiendo, aunque no me agrada. Y es por ello que el partido de hoy representaba, al menos para mí, una revancha, una posibilidad de ver derrotado al fin a nuestro sempiterno rival en el campo de juego, y en el de batalla también. Sin embargo, las cosas no se dieron como lo deseaba.

Esta vez la selección española no pudo

Esta vez la selección española no pudo

Si España jugó bien o mal, lo ignoro. Según mi padre, con quien hablé hace unos minutos, la “furia roja” lo hizo peor que nunca y Estados Unidos, en contraparte, casi a la perfección. Dos circunstancias que, sumadas, acabaron con las ilusiones de la selección campeona de Europa, al tiempo que me desquiciaron de tal forma que, por un momento, confundí la casaca roja con la verde y los calzoncillos azules por los blancos.

Los agoreros han comenzado a hablar y aseguran que la selección española no es tan buena como se decía días atrás y que el panorama para la nuestra es desolador pues augura una derrota segura. Puestos a buscar algo bueno en la derrota, con el deseo de calmar ese ardor que me carcome, me parece que este partido demuestra lo contrario puesto que si bien en el papel hay equipos “grandes” y otros “pequeños”, en el campo de juego hay una historia que se escribe más allá de las trayectorias, los resultados y los  jugadores. Y eso es lo que espero que suceda este 12 de agosto ante Estados Unidos.

Hay ocasiones que no hay nada mejor como quedarse en casa

Por Íñigo Fernández

¿"Nos vamos al mundial" o "No vamos al mundial"?

¿"Nos vamos al mundial" o "No vamos al mundial"?

Es el 10 de junio y acaba de terminar el partido de la selección mexicana ante Trinidad y Tobago. Mientras me dirijo a mi recámara me pregunto una y otra vez si es realmente trascendental para nosotros, los aficionados, que “el tri” vaya al mundial de Sudáfrica y siempre llego a la misma conclusión: no, no lo es.

Podrán decir muchas cosas de los mundiales. Que si foguean a los jugadores, que si jugarlos da prestigio a los países, que no asistir a ellos es un retroceso para el futbol nacional y muchos más argumentos que ni comparto ni tampoco me interesa escuchar, mucho menos repetir en este espacio. Asumir que el prestigio nacional depende de lo que un puñado de mexicanos (oriundos y naturalizados, da lo mismo) pueda hacer con un balón equivale a esas pláticas infantiles donde uno decía a sus amigos que su papá era mejor que el de los demás porque acababa de comprar un coche o había llevado a la familia de vacaciones a la playa.

La palabra fracaso está en boca de todos y muchas de ellas la relacionan con la posible ausencia de nuestra selección en Sudáfrica.  Pregunto a los lectores: ¿Cuál es un peor fracaso: no ir al mundial o ir para hacer el ridículo? Tal vez algunos de ustedes no se acuerden de lo sucedido en Argentina en 1978, pero yo lo tengo muy presente pues fue la primer copa del mundo de la que guardo consciencia. Después de un selectivo perfecto en el que México, entonces gigante de la siempre paupérrima CONCACAF, arrasó en todos los partidos, la selección se marchó rumbo a Argentina con un futuro prometedor, mismo que se vio truncado en ocho días tras perder 3-1 ante Marruecos, 6-0 con Alemania y 3-1 con Polonia. Fue de este modo como el seleccionado nacional se las apañó no sólo para fulminar las esperanzas de la afición al quedar en último lugar del mundial y ser la nación más goleada.

¿Qué quieren que les diga? Con casi nueve años de edad, la experiencia me causó un sentimiento de vergüenza que con los años logré exorcizar comprendiendo que uno como aficionado puede apoyar de muchas maneras, pero que, a final de cuentas todo queda en manos de esos once jugadores que van detrás y delante del balón. Y la oncena que tenemos hoy, por los motivos que sea, no da para mucho más. Visto así, creo que ésta es una de esas ocasiones en las que no hay nada mejor que quedarse en casa y, al menos así, nos dé la satisfacción de no hacernos pasar por otra vergüenza mayúscula.

¿Qué diablos pasó con el Real Madrid?

Por Íñigo Fernández

Real Madrid C. F.

Real Madrid C. F.

No soy madridista y, salvo que ocurra una auténtica desgracia en mi vida, jamás lo seré. Ello, sin embargo, no significa que me guste verlo hundido en crisis. En la liga española se necesitan contrapesos, así, a un Barça poderoso corresponde un Real Madrid que también lo sea.

En cambio, la presente ha sido una de las temporadas más irregulares en su historia. Con Bernard Schuster en el banquillo, inició de la misma manera en la que se proclamó campeón en el torneo 2007-2008: ganando, pero sin convencer; sin embargo, la buena estrella le duró poco pues los malos resultados en la Champions y en la Liga, aunados a una eliminación temprana en la Copa del Rey ante el “Real Unión Irún” y un comentario desafortunado de Schuster en el que aseguraba que era imposible que el Madrid ganara al Barça en el derby español, fueron factores que llevaron a su destitución en diciembre del 2009

En cambio, con Juande Ramos el equipo se compuso; aprovechó una serie de pinchazos del Barça para acortar distancias y, finalmente, rivalizar dignamente con su sempiterno rival. Muchos que descartábamos una posible resurrección de los merengues nos vimos obligados a tragarnos nuestras palabras y contemplar la posibilidad de que el campeonato culminara de forma diferente a la pensada.

Sin embargo, el 2 de junio del 2009 esta historia cambió para retomar su cauce original. Una goleada lapidaria  -2 a 6- sufrida en casa a manos de los culés, no sólo le quitó al Madrid las posibilidades de coronarse campeón de España, sino que le sumió en una vorágine de desánimo que le llevaría a perder todos los partidos restantes y a hacer uno de los mayores ridículos en la historia reciente del futbol español.

Pocas veces en mi vida he visto a un equipo, grande o chico, da igual, caerse de la forma en la que lo hizo el Real Madrid este año; pocas veces en mi vida vi a los jugadores merengues jugar tan mal en tantos partidos, del mismo modo, que pocas veces he visto a un Real Madrid que diera tanta pena.

No me queda la menor duda de que Florentino Pérez, en su calidad de nuevo presidente del equipo, levantará de nueva cuenta al equipo en un intento por hacer unos “galácticos reloaded” por la gracia de su chequera. Si bien ya lo hizo en el pasado y de manera exitosa, los tiempos cambian y Pérez debe estar consciente de que las fórmulas probadas no siempre dan los mismos resultados.

La liga terminó y con ella los sueños de algunos y las pesadillas para otros. Para el próximo torneo no pido mucho, tan sólo tres cosas:

1.- Que el Sporting mantenga de nuevo la categoría

2.- Que ya no nos goleen ni el Barça ni el Real Madrid

3.- Que el Real Madrid sea un rival digno del Barça (que no es lo mismo que pedir que quede campeón, ojo).

Tres motivos para recuperar la fe en el futbol

Por Íñigo Fernández

Afici´ñon del Indios de Ciudad Juárez

Afición del Indios de Ciudad Juárez

En un tiempo donde las distancias entre los equipos “grandes” y los “pequeños” se hacen cada vez más grandes, merced al dinero y a la atención de los medios, no es raro perder las esperanzas en el fútbol, más aún si la oncena de uno entre en la última de estas dos categorías. Como en sucede en la vida, también en el deporte el dinero no lo es todo (ahí tenemos al América y al Real Madrid) pero de qué manera ayuda en detalles tan simples como pagar la nómina mes con mes o  contar con una plantilla en la que la mayoría de los jugadores son propiedad del equipo; detalles que, a la postre, dejan a un lado su simplicidad para constituirse un pilar fundamental: continuidad.

Salvo en mi infancia, que solía irle a un equipo de “los grandes” cuyo nombre omito por pudor, siempre le he ido a equipos que se han caracterizado por tener contados momentos de gloria e incontables episodios de dolor y sufrimiento. Y tantos años de lo último, al menos diez, fueron quebrantando mi espíritu futbolero poco a poco hasta que un día me di cuenta de que, aunque seguía disfrutándolo, había perdido la fe en él. Sí, me convencí de que  no había más esperanza para los equipos pequeños, que su papel era el de aderezar el torneo y preparar el terreno para que alguno de los grandes se proclamara campeón.

Sin embargo, la semana pasada ocurrieron tres hechos que me han hecho recuperar la fe en el futbol. El primero sucedió en Alemania. El VfL Wolfsburgo, un equipo alemán que en la década de los años 70 jugaba en la tercera división germana y ascendió a la primera apenas en 1997, se coronó campeón de la Bundesliga con una plantilla que pese a ser modesta, demostró ser la mejor de Alemania al quedar por encima del Bayern Münich y el Stuttgart. Entre las claves de su éxito destaca la puesta en marcha por parte de sus directivos de una política de fichajes inteligentes en la que se hicieron de  jugadores sin renombre pero de gran calidad deportiva.

Los otros dos acontecimientos tuvieron lugar en México y también tienen nombres: Indios y Puebla. Lo del Indios de Ciudad Juárez no deja de ser extraño pues en una plaza que, años atrás, había demostrado poco interés por el fútbol, ahora la afición se volcó con el equipo y junto con éste pelearon por la permanencia de la categoría. Mucho del éxito del Indios, hay que reconocerlo, se debe atribuir a Héctor Hugo Eugi, quien tomó las tiendas de una escuadra virtualmente descendida y que se había formado con deshechos de otros equipos, para imprimirle una impronta que se caracterizó  por un buen trabajo defensivo y y una perseverancia a prueba de malos resultados y rachas. Dio gustó ver cómo tras el triunfo ante el Cruz Azul y la la obtención de la salvación, el equipo se relajó, tomó un segundo aire y se volvió irreverente.

¿Y qué decir de los muchachos de José Luis Sánchez Solá, alias “El Chelís”? Definitivamente el Puebla fue para mí el equipo revelación del torneo. Candidato al inicio de la temporada a descender, por su porcentaje y las disputas al interior de la directiva (¿debería decir directivas?), los camoteros mostraron de nueva cuenta a lo que un grupo de saldos puede aspirar cuando está bien dirigido; prueba de ello es Duilio Davino, tal vez sea el defensa mexicano con más autogoles en su haber, quien alcanzó momentos memorables en este 2009.

En su momento, debo reconocer, les menté la madre a Indios y Puebla porque su salvación fue un paso más en la condena del Necaxa. Hoy, por el contrario, les estoy muy agradecido por la garra y el orgullo que mostraron en las semifinales, por dejar en evidencia las carencias de quienes están jugando la final, por mostrarnos que aún existen en equipos “chicos” deseosos de quebrarse a los “grandes” y que los banquillos también sirven para anteponerse a la adversidad.

Por todo ello, quiero agradecer al Indios, Puebla y Wolfsburg por haberme devuelto la fe en el futbol.

¡Aúpa Real Sporting de Gijón!

Real Sporting de Gijón

Real Sporting de Gijón

Por Íñigo Fernández

Faltan dos jornadas y aún podemos salvarnos.  Y cuando hablo en plural, me refiero a quienes somos seguidores del Real Sporting de Gijón, sus directivos y jugadores, pues en estos momentos todos somos uno.

Aunque ni pise el terreno de juego, es más, ni siquiera asista a los partidos en “El Molinón” (¡qué más quisiera!) yo soy tan sportingusita como el que más, porque para mí no es un equipo cualquiera, es parte de mí, de mi familia y de mi historia. Cierto es que jamás ha sido campeón de España; tampoco es el mejor equipo en la liga española, el más golaedor o el que mejor juegue… pero pese a todo es mi equipo.

Empezó como un tradición familiar. El abuelo Jaime era abonado del Sporting y mi madre, sin serlo, era seguidora del equipo. Por mi parte he de confesar que en un principio era seguidor del Real Madrid, hasta que en el año 1987 hice amigos en Gijón -conocido como “el paraíso natural”- y quedé fascinado con el lugar y su gente. Fue entonces, con casi 18 años cumplidos, que me volví seguidor incondicional del Real Sporting de Gijón.

Tuve la fortuna de asistir al partido de despedida de Quini, el máximo goleador que el Sporting ha tenido, de ver un partido contra nuestra acérrimo rival -el Real Oviedo- y verlos jugar un partido de la UEFA contra el Génova. Sin embargo, años de malas contrataciones y de ventas de los canteranos, hicieron que en 1998 el Sporting bajara a la segunda división española. Fue entonces cuando la metamorfosis tuvo lugar pues pasé de ser un aficionado común a uno obsesivo que buscaba por cuanto medio tenía a mano seguir los partidos en internet, ya fuera por radio o en el mentado “minuto a minuto”, o, al menos, enterarse por la prensa del último resultado y de la posición que ocupaba en la tabla general.

Fueron diez años de esperanzas y desilusión, de alegría y sufrimiento, de euforia y depresión, las que mi querido Sporting me regaló. Una década en que me la pasé mentando madres porque el equipo no subía pues después de una prometedora primera vuelta se venía abajo estrepitosamente, porque en los momentos más difíciles nada más no respondía. Sin embargo, gracias a estos frentazos fui creciendo como aficionado al entender que uno no le va al equipo porque sea un ganador nato o porque tenga vitrinas llenas de trofeos. No, yo le voy al Sporting por todo lo que mamé en casa; por lo que me ha hecho sufrir y disfrutar en todos estos años y porque sin él el futbol no tendría razón.

Es cierto que para muchos ver jugar hoy en día al Sporting de Gijón es sinónimo de sufrir y de jugarse la estabilidad emocional de la semana en una suerte de albur; para mí equivale recordar a los buenos amigos en un merendero bebiendo sidra, a mi madre diciéndome que no me enojara cada vez que perdía, y a esos diez años esperando el ascenso de la misma manera como un niño espera la navidad. Ésta es mi decisión y éste mi destino.

Se va, se va, se va… ¡y nos fuimos!

Por Íñigo Fernández

Y lo que muchos esperábamos sucedió. El sábado 9 de mayo el Necaxa cumplió doblemente los pronósticos: fue derrotado por su hermano mayor y dejó la máxima categoría del fútbol mexicano.

NecaxaEn mis veintiséis años de necaxista me ha tocado ver de todo un poco. En 1985 y 1987, cuando era costumbre que  el último y el penúltimo lugar del torneo se jugaran el descenso, presencié -y con mucho sufrimiento- cómo el Necaxa mandaba a la segunda división a los “Leones negros de U de G” y a los “Cañeros del Zacatepec”; del mismo modo que estuve presente cuando se coronó campeón de primera en los torneos, 1994-1995 y 1995-1996. Lo mismo me tocó asistir a un estadio Azteca que, de tan vacío, daba miedo; que recurrir a la reventa para presenciar la final con el Celaya en él; echarme un coyotito en un soporífero encuentro que pasármela a toda madre y semibriago con la porra del Veracruz; aplaudir las gambetas del “ratón” Zárate y los cañonazos de Ignacio Ambriz que mentar madres ante los goles de José Saturnino Cardozo; extasiarme con las obras maestras de Ivo Basay y “El matador” Luis Hernández que desesperarme ante las pifias de Albeiro, “El Palomo”, Usuriaga. En  todo este tiempo padecí casi todas las emociones que el fútbol es capaz de producir en un aficionado más o menos comprometido con su equipo; todas a excepción de una que sentí en este último año: vergüenza.

Y siento vergüenza porque estoy convencido de que se puede ser un equipo malo, como es el caso, en lo colectivo, lo individual y lo técnico, pero aun así hay maneras de perder pues nunca será lo mismo con compromiso y entrega que con desidia y entreguismo. Y ésto último fue lo que sucedió con el Necaxa. Es muy difícil mantener la categoría con un puñado de hombres -desechos del América que se vieron forzados a migrar a Aguascalientes para seguir cobrando- quienes sabían que, pasase lo que pasase, no pondrían un pie en la 1aA.

Hoy leí que a la llegada del equipo a Aguascalientes, un grupo de aficionados, unos ociosos en realidad, increpó a los jugadores gritándoles que la “camiseta les había pesado”. No lo comparto, pues no le puede pesar a uno lo que no está cargando y para estos mercenarios daba lo mismo vestir el uniforme del Necaxa (el único que tiene los colores de la bandera mexicana) que la del América, el San Luis o la de cualquier otro equipo que les pague sus exorbitantes sueldos.

Pese a lo anterior, éste puede ser un tiempo de cambios importantes para el equipo. Con suerte, Televisa que, seamos sinceros, jamás se preocupó por el equipo (ni aun cuando ganaba títulos), venderá la franquicia y, así, el Necaxa podrá empezar a escribir una historia propia; una libre al fin de desechos americanistas y potosinos,  de despojos y de la recurrente humillación corporativa.

Aprovecho estas líneas para agredecer a Roberto Muñoz y a Raúl Arias sus esfuerzos para conformar un equipo tan mediocre y entreguista y por tomar las peores decisiones; a la “armada americanista” -léase Federico Insúa, Ricardo Rojas y Germán Villa- por la actitud de turistas que mostraron en el terreno de juego, y, por último, a Alfredo Moreno y a Carlos Pavón por su incapacidad para anotar goles cuando el equipo más lo necesitaba. A todos ustedes muchas gracias, pues su trabajo ha rendido los frutos que parece que ansiaban: nuestro querido Necaxa ya está en la división de ascenso.