Se va, se va, se va… ¡y nos fuimos!

Por Íñigo Fernández

Y lo que muchos esperábamos sucedió. El sábado 9 de mayo el Necaxa cumplió doblemente los pronósticos: fue derrotado por su hermano mayor y dejó la máxima categoría del fútbol mexicano.

NecaxaEn mis veintiséis años de necaxista me ha tocado ver de todo un poco. En 1985 y 1987, cuando era costumbre que  el último y el penúltimo lugar del torneo se jugaran el descenso, presencié -y con mucho sufrimiento- cómo el Necaxa mandaba a la segunda división a los “Leones negros de U de G” y a los “Cañeros del Zacatepec”; del mismo modo que estuve presente cuando se coronó campeón de primera en los torneos, 1994-1995 y 1995-1996. Lo mismo me tocó asistir a un estadio Azteca que, de tan vacío, daba miedo; que recurrir a la reventa para presenciar la final con el Celaya en él; echarme un coyotito en un soporífero encuentro que pasármela a toda madre y semibriago con la porra del Veracruz; aplaudir las gambetas del “ratón” Zárate y los cañonazos de Ignacio Ambriz que mentar madres ante los goles de José Saturnino Cardozo; extasiarme con las obras maestras de Ivo Basay y “El matador” Luis Hernández que desesperarme ante las pifias de Albeiro, “El Palomo”, Usuriaga. En  todo este tiempo padecí casi todas las emociones que el fútbol es capaz de producir en un aficionado más o menos comprometido con su equipo; todas a excepción de una que sentí en este último año: vergüenza.

Y siento vergüenza porque estoy convencido de que se puede ser un equipo malo, como es el caso, en lo colectivo, lo individual y lo técnico, pero aun así hay maneras de perder pues nunca será lo mismo con compromiso y entrega que con desidia y entreguismo. Y ésto último fue lo que sucedió con el Necaxa. Es muy difícil mantener la categoría con un puñado de hombres -desechos del América que se vieron forzados a migrar a Aguascalientes para seguir cobrando- quienes sabían que, pasase lo que pasase, no pondrían un pie en la 1aA.

Hoy leí que a la llegada del equipo a Aguascalientes, un grupo de aficionados, unos ociosos en realidad, increpó a los jugadores gritándoles que la “camiseta les había pesado”. No lo comparto, pues no le puede pesar a uno lo que no está cargando y para estos mercenarios daba lo mismo vestir el uniforme del Necaxa (el único que tiene los colores de la bandera mexicana) que la del América, el San Luis o la de cualquier otro equipo que les pague sus exorbitantes sueldos.

Pese a lo anterior, éste puede ser un tiempo de cambios importantes para el equipo. Con suerte, Televisa que, seamos sinceros, jamás se preocupó por el equipo (ni aun cuando ganaba títulos), venderá la franquicia y, así, el Necaxa podrá empezar a escribir una historia propia; una libre al fin de desechos americanistas y potosinos,  de despojos y de la recurrente humillación corporativa.

Aprovecho estas líneas para agredecer a Roberto Muñoz y a Raúl Arias sus esfuerzos para conformar un equipo tan mediocre y entreguista y por tomar las peores decisiones; a la “armada americanista” -léase Federico Insúa, Ricardo Rojas y Germán Villa- por la actitud de turistas que mostraron en el terreno de juego, y, por último, a Alfredo Moreno y a Carlos Pavón por su incapacidad para anotar goles cuando el equipo más lo necesitaba. A todos ustedes muchas gracias, pues su trabajo ha rendido los frutos que parece que ansiaban: nuestro querido Necaxa ya está en la división de ascenso.

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